Cristianismo en la era de la IA: ¿a quién confiamos la verdad?
- Raquel Reguera

- hace 23 horas
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Por Raquel Reguera
Estamos cruzando el umbral entre dos eras, y pocas veces en la historia una tecnología había tenido tanta capacidad para redefinir cómo pensamos, cómo creemos y desde qué lugar nos acercamos a la verdad.

La inteligencia artificial, presente ya en múltiples ámbitos de nuestra vida, nos ha abierto la puerta a una nueva revolución tecnológica, esta vez irrumpiendo en terrenos hasta ahora marcadamente intelectuales. Desde los primeros pasos en la comprensión de conceptos de un niño hasta la toma de decisiones de un alto ejecutivo de una multinacional, la IA puede intervenir de forma directa en cómo aprendemos, cómo pensamos o creamos, llegando incluso a impactar significativamente en nuestra toma de decisiones.
Y no es por abordar el tema desde un pesimismo ensimismado, pues todo alumbramiento de una nueva era debe llevar impreso el contentamiento del ser humano ante su capacidad de avance, pero si la inteligencia artificial está provocando debates férreos entre sus propios artífices, ¿acaso nosotros, como creyentes, debemos ser meros espectadores mientras que unos cuantos
monetizan nuestro futuro más cercano? ¿O, por el contrario, sería plausible que nuestra voz espiritual resonara también en este debate?
Como sociedades, a lo largo de la historia hemos experimentado una serie de revoluciones tecnológicas que ampliaban principalmente la capacidad de acción del ser humano, pero la inteligencia artificial empieza a intervenir también en su formación. Ya no solo usamos una herramienta para hacer algo, sino que conversamos con sistemas que explican, interpretan, recomiendan, corrigen y orientan, y que, por tanto, pueden participar activamente en la construcción
de nuestro pensamiento. Como señalan Binny Jose y sus colaboradores, la IA generativa «no es simplemente una nueva herramienta, sino un nuevo actor en el espacio del conocimiento»; un conocimiento que no nace de haber vivido, comprendido o razonado, como todavía lo hace el ser humano, sino de haber procesado cantidades inmensas de información para deslumbrarnos con construcciones de respuestas más o menos coherentes. Básicamente, la IA puede producir un contenido brillante sin haber comprendido jamás aquello de lo que está hablando.

Pero atrevámonos a no caer en una inocencia ilusoria y miremos atrás. No es la primera vez que un avance tecnológico hace saltar las alarmas sobre sus efectos en el pensamiento humano. Hace más de dos mil años, Platón recogía en Fedro el mito de Theuth, dios egipcio al que el relato atribuía la invención de la escritura. Theuth presentó su creación como un fármaco capaz de aumentar la memoria y la sabiduría. Sin embargo, el rey Thamus vio en ella justamente el peligro contrario: que el ser humano dejara de ejercitar su memoria y acabara adquiriendo una apariencia de sabiduría sin poseer necesariamente la sabiduría misma.
Veinticuatro siglos después, la ciencia cognitiva parece haber dado parte de razón a aquella intuición de Platón y nos cuenta que, cuando delegamos una función mental fuera de nosotros, ganamos capacidad, pero también podemos dejar de ejercitar parte de aquello que hemos delegado. La escritura no hizo que el ser humano dejara de recordar, pero sí transformó radicalmente su relación con la memoria, ya que parte de lo que antes debía conservarse, repetirse y reconstruirse dentro de nosotros pudo empezar a quedar depositado fuera.
Platón temía precisamente eso: que confiáramos nuestra memoria a algo que hoy nos parece tan inocente como un libro. Ahora con la IA, la pregunta se amplia a otros ámbitos como la síntesis, la interpretación, la argumentación y el discernimiento.

Los investigadores ya comienzan a alertar sobre posibles efectos en la merma de determinadas capacidades cognitivas asociados al uso de tecnologías generativas. Se empieza a observar, con mucha cautela, menos esfuerzo de pensamiento crítico, menor retención del conocimiento y una clara homogeneización del pensamiento creativo. Como bien enseña el Dr. Daniel Beltrán, PhD: «La función hace la forma y la forma hace la función, y el cerebro se va moldeando según aquello que usamos, practicamos y repetimos».
Pero hoy quiero centrarme en una cuestión que, aunque desborda el ámbito interno del ser humano, refleja con enorme claridad cuánto estamos dispuestos a poner en juego en nombre del progreso. Porque pocas cosas revelan mejor el estado del alma como nuestra relación con la Verdad.
Hay algo especialmente inquietante en nuestra interacción con la inteligencia artificial. Desde el momento en que se democratizó su uso a finales de 2022, con la llegada pública de ChatGPT, a pesar de sus fallos y errores evidentes, hemos comenzado a atribuirle una especie de infalibilidad que nunca nos prometió. Kissinger, Schmidt y Mundie advierten en Génesis que las respuestas de estos sistemas pueden presentarse sin una justificación visible y, aun así, despertar una enorme confianza. Más aún, señalan que «las representaciones de la realidad que genera la máquina permanecen en gran medida opacas, incluso para sus propios inventores».
Y ahí está la paradoja: confiamos cada vez más en respuestas cuyo proceso de construcción no podemos ver del todo. Confiamos en la voz de Claude, Grok, Gemini, etc., casi como en un tótem omnisciente que nos rescata del tedioso proceso del aprendizaje y, de paso, alimenta ese peligroso efecto Dunning-Kruger por el que la ignorancia, cuando no se reconoce como tal, puede disfrazarse fácilmente de certeza. Y el problema quizá no sea que pensemos conscientemente que es infalible, sino que empezamos a comportarnos como si lo fuera.
¿Estamos mejor informados o simplemente más convencidos? ¿Estamos accediendo a la verdad o a respuestas suficientemente plausibles como para dejar de buscarla? ¿Y qué ocurre con nuestra capacidad de discernimiento cuando la confianza en la máquina crece más deprisa que nuestra comprensión de cómo funciona?
Los cristianos no podemos darle la espalda a la verdad. Ni mucho menos confiarnos a un filtro tecnológico que sirve a la funcionalidad y no a la espiritualidad. Para nosotros la verdad no es solamente una afirmación correcta ni una información bien construida. La verdad tiene rostro, tiene nombre, tiene esencia. Si Cristo se definió a sí mismo como la verdad (Juan 14:6), el cristiano no puede relacionarse con ella como si fuera una opinión más entre muchas. La verdad no se construye a nuestra medida ni cambia según nuestras preferencias; somos nosotros quienes debemos aprender a someternos a ella, incluso cuando nos contradice, nos incomoda o desmonta aquello que queríamos creer. El teólogo británico Lesslie Newbigin lo expresó de una manera especialmente bella: “Veo mi relación con la verdad no como la de un poseedor, sino como la de un buscador”. Y para nosotros, los creyentes, esa búsqueda no es una conquista intelectual, sino un camino que trasciende y libera. Por tanto debemos entender que el cristiano no fabrica la verdad, ni la posee como quien guarda algo bajo llave; se deja conducir y corregir por ella caminando hacia una comprensión cada vez más profunda y eterna.

Por eso, el desafío de la inteligencia artificial no llega a una sociedad especialmente preparada para discernir la verdad. Llega después de décadas en las que hemos aprendido a decir “mi verdad” antes que “la verdad”, a valorar una afirmación por cuánto nos representa más que por cuánto se corresponde con la realidad. Por eso, la exhortación de Pablo «Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:21) resulta especialmente pertinente en esta transición de era. Un escenario en el que las respuestas llegan rápidas, convenientes y perfectamente articuladas y en el que discernir vuelve a ser nuestra principal responsabilidad espiritual, siempre fieles a la Verdad eterna.
Referencias
Platón. Fedro, 274c–275b.
Jose, B. et al. (2025). “Epistemic authority and generative AI in learning spaces: rethinking knowledge in the algorithmic age”. Frontiers in Education.
Lee, H.-P. et al. (2025). “The Impact of Generative AI on Critical Thinking”. Proceedings of the CHI Conference on Human Factors in Computing Systems.
Kissinger, H. A., Schmidt, E. y Mundie, C. (2025). Génesis. La inteligencia artificial, la esperanza y el espíritu humano. Anaya Multimedia.
Newbigin, L. “I see my relation to truth as being not that of a possessor but of a seeker…”. Citado en Paul Weston, Cambridge Centre for Christianity Worldwide. Traducción propia.
Beltrán, D. «La función hace la forma y la forma hace la función». Punto de Encuentro.
Referencias bíblicas: Juan 14:6; 1 Tesalonicenses 5:21.
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